lunes, 22 de octubre de 2012

Una ventaja insalvable



La verdad es que los opositores nos dejamos llevar por los mejores símbolos de los días previos a la elección. Había señales mixtas, algunas buenas pero muchas otras malas, y la amplísima mayoría de nosotros preferimos quedarnos con las buenas y olvidarnos del resto. Así llegamos al 7 de octubre, con la certeza de que íbamos a ganar, de que esta vez sí sería vencido en las urnas el Presidente Chávez, y la verdad es que ni se nos pasó por la mente la posibilidad de su reelección.

Casi por azar o para no “empavarlo”, la mayoría de los opositores no quisimos manejar ese escenario posible de triunfo del chavismo, y en cualquier caso, si se nos pasaba por la cabeza, era sólo en una cerradísima batalla, en la que Chávez hubiera ganado con poco más de la mitad más uno de los votos.

Ciertamente los aires esperanzadores, no infundados pero quizás sí excesivos, hicieron que la noche del 7 y el amanecer del 8 fueran mucho peor de lo que en otras ocasiones hubiéramos podido esperar, porque, si se hizo todo lo que se hizo, desde las primarias hasta el recorrido pueblo a pueblo de todo el país, ¿cómo es que la diferencia puede ser tal?

La verdad es que el triunfo de Chávez era un escenario que había que plantearse. No era ninguna locura pensarlo y no se debió reprochar o censurar a tantas encuestadoras que así lo asomaban, al menos no a las que anteriormente hemos considerado serias. Que el Presidente obtuviera más de la mitad de los apoyos era algo para lo que debíamos estar mejor preparados en la noche del 6 de octubre, teniendo en mente siempre las ventajas comunicacionales, monetarias y de coacción del gobierno.

Sin embargo, en la jornada electoral hubo un crack. Ese crack que muchos analistas y dirigentes opositores pensaban que se transformaría en una avalancha de votos para Capriles, y que sellaría su triunfo por más de un millón de ventaja, fue en verdad un crack favorable al gobierno, que mostró su poderío real, el cual sobrepasó a cualquier acción o plan opositor, con una maquinaria ilegal e inalcanzable para cualquier partido que no esté en el gobierno, y para cualquier partido de gobierno en una democracia más sana que la nuestra.

Lo que el PSUV y sus aliados movieron el 7O no fueron cientos de miles de voluntades poco convencidas que necesitaban un “remolque” para acercarse a su centro, sino cientos de miles de personas que seguramente no pensaban votar (de ahí la sorprendentemente baja abstención) o que pensaban hacerlo por el candidato opositor. De hecho, es un error decir que el 7O se movilizó el PSUV, cuando la movilización fue de toda la fuerza del Estado, esa que la Constitución le confiere para ser usada en bienestar de todos y a la cual todos contribuimos con los impuestos.

El crecimiento tan notable de la participación (casi seis puntos porcentuales entre la elección presidencial de 2006 y esta) es la clave para el triunfo abrumador del gobierno. Éste movilizó no sólo a sus militantes fieles o seguidores "light", sino también a centenares de miles de personas que habitualmente no participan o que no tenían pensado hacerlo nuevamente por la opción del chavismo. Centenares de miles de personas que están amarradas al gobierno en una relación de supervivencia, a través de las misiones (sobre todo la más reciente Gran Misión Vivienda Venezuela), a través de los refugios o desde las cárceles.

Quizás falten más testimonios para poder verificar en detalle esta situación, pero si bien el grito de fraude es una ridiculez de unos pocos que no quieren aceptar la realidad, es también ridículo pensar que vivimos en el sistema democrático más limpio del planeta, cuando la ventaja de un candidato es absolutamente inalcanzable para el otro, sea cual sea la ley que esté escrita, el dinero que éste recabe o los recorridos que haga por el país. Sólo el candidato-gobierno tiene acceso (ilegítimo) a los recursos para desplegarse por todo el país, los vehículos para movilizar, las armas para amenazar, y sobre todo la oferta de promesas (listas de espera por vivienda en mano) para coaccionar.

El resto es complementado por el sistema electoral y los discursos flotantes de la última década: miedo a que el voto no sea secreto, miedo a la captahuellas y las dudas que genera, o el hecho simple de que un candidato esté claramente en la parte alta del tarjetón y el otro claramente en la parte baja (miedo a ser visto marcando el lado que no es), e incluso los cambios a última hora que hacían nulo un voto a una persona a pesar de estar viendo su nombre y su rostro.

Esta serie de irregularidades, múltiples, diversas y claramente influyentes, puede que, sin embargo, no hayan determinado el resultado. Puede ser que sin este despliegue del chavismo el 7 de octubre el triunfo hubiera sido de todas maneras para Chávez, aunque sin duda tal accionar fue clave para que hayamos visto unos resultados tan abultados.

Los gritos de fraude son inoportunos y errados, sobre todo en la forma en que son transmitidos. Alimentan el miedo en una parte de la población que, como vemos, puede ser determinante. Fraude no fue lo que pasó en la reciente elección presidencial. A nadie le revelaron el secreto del voto, ninguna máquina volteó ningún resultado ni fueron creados dos millones de electores ficticios. Más de 8 millones de individuos acudieron a su centro electoral y marcaron la opción de Chávez. El problema radica en cuántos lo hicieron con esa voluntad, cuántos votaron por él libremente y cuántos que no pensaban acudir a su centro, fueron coaccionados a ir.

El agrado de buena parte de la ciudadanía (no necesariamente la mayoría) por el Presidente se mantiene, de eso nadie debe tener dudas. La pregunta que quedará sin respuesta es si una mayoría de venezolanos que la noche del 7 de octubre habían efectivamente votado por Chávez, pensaban hacerlo la noche anterior.

El resto es historia. La oposición está y probablemente seguirá acorralada, con la posibilidad de hacer reclamos pero sabiendo que éstos no serán remediados. Criticando en su justa medida al CNE y al sistema electoral, pero con la necesidad de seguir llamando a votar y a defender el voto, cada vez con más vehemencia para superar los cada vez más grandes obstáculos que todo el Estado coloca para mantener a un mismo grupo en el poder. No queda otra.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Guerra Sucia


Publicado en www.blogsdepolitica.com (España)

Seguramente una proporción muy grande de quienes alrededor del mundo están interesados en la política venezolana, al día de hoy piensan y están convencidos de que el próximo 7 de octubre, Hugo Chávez será electo, una vez más, Presidente de la República Bolivariana. Basarán tal convencimiento en las noticias que llegan desde el norte de Sudamérica: encuestas que le dan amplia ventaja, dirigentes opositores que salen públicamente a criticar al candidato Capriles Radonski, partidos que le retiran su apoyo o aliados cercanos atrapados en presuntos casos de corrupción.

Nosotros, dentro de la propia Caracas, no podemos ir vehementemente en contra de tal convencimiento exterior, y es posible que incluso algún grupo de personas que no piensa votar por Chávez, crea igualmente que él volverá a ser el ganador. Sin embargo, la realidad está muy lejos de ese gran show que ha montado el chavismo durante esta campaña electoral, la más dura que ha tenido que enfrentar, en la que se juega su futuro y por la que ha arreciado sus conocidas estrategias de guerra sucia.

Como ya lo mencionamos en un post anterior, las encuestas en Venezuela no parecen funcionar para determinar lo que ocurrirá en dos domingos. Hay encuestadoras aliadas del gobierno, que no son transparentes con sus funcionamientos, que basan su existencia en declarar vagos números en los canales del Estado (totalmente dominados por el partido de gobierno, PSUV) y que son dirigidas por antiguos funcionarios o asesores del gobierno de Chávez. Son esas las que le dan una ventaja sólida al candidato oficialista, y son las que muchas veces vemos reseñadas en el exterior.

Están otras, más respetadas, que a pocos días de la elección siguen mostrando un altísimo porcentaje de indecisos, algo que no se ve muy a menudo, mucho menos en una elección tan polarizada como la venezolana. Esas también le dan ventaja a Chávez aunque siempre lo han colocado por debajo del 50% de los apoyos y su número de indecisos es mayor a la diferencia entre los dos candidatos.

Finalmente están las menos sonoras, que le dan una leve ventaja a Capriles y cuyos números parecieran mucho más cercanos a la realidad que vive el país desde 2010, cuando la oposición obtuvo más votos que el gobierno.

Pero los verdaderos ataques han sido otros. Desde el 3 de septiembre el oficialismo a través de sus medios (que oficialmente son ‘de todos los venezolanos’), lleva adelante una campaña de desprestigio hacia la oposición y su abanderado. Si bien esa ha sido la base de su programación por años, la evidente paridad en esta elección los ha llevado a otro nivel: buscar propios dirigentes de oposición que critiquen las posturas de Capriles.

Así han desfilado David De Lima (ex gobernador, desaparecido de la primera línea política por años), el diputado William Ojeda (quien denunció en febrero pasado que había ocurrido un fraude en las elecciones primarias para la alcaldía del Municipio caraqueño de Sucre), y el abogado constitucionalista Hermán Escarrá. A los tres los unen varios detalles: fueron en algún momento parte del chavismo, han tenido rencillas internas con dirigentes opositores, en sus declaraciones no rompen con Capriles y su equipo y se muestran ambiguos ante el 7O, y lo más importante, sus críticas van dirigidas hacia un documento no oficial, que dicen ellos es el plan secreto de un posible futuro gobierno, pero que contradice todos los planteamientos que ha llevado la oposición por el país desde febrero pasado.

Curiosamente, tal documento “oculto” es una copia del guión que ha utilizado el chavismo por años para infundir miedo entre el electorado: privatización masiva de todas las empresas del Estado, despido de trabajadores públicos, cierre de programas sociales. Un plan absolutamente innecesario en la Venezuela de bonanza petrolera en la que vivimos, y que ni el más torpe dirigente político se atrevería a redactar.

Luego apareció la más reciente creación del gobierno y sus medios: una grabación de un diputado opositor recibiendo dinero en efectivo de un empresario en un apartamento, tras una breve conversación sobre la campaña. Poco o nada se ha hablado de que tal grabación (con 3 cámaras) y su divulgación vayan en contra de la Constitución, ni de por qué el gobierno esconde la identidad del interlocutor. Tampoco se ha hablado de que lo que hace el diputado no es, al menos de entrada, ilegal: en Venezuela el Estado no aporta dinero a las campañas por lo que todo el dinero que se usa es privado, y en ningún momento el diputado comenta en el video que decidirá algo a cambio de tal respaldo monetario. Aun así, la Opinión Pública juzgó al parlamentario en desgracia y el oficialismo lo trata como un claro criminal corrupto, supuesta muestra de lo que ocurriría en el país de ganar Capriles.

Es cierto que aun dentro del país y analizando todas las encuestas no se puede negar la posibilidad de triunfo de Chávez, pero también parece claro que estos ataques del oficialismo no se tendrían que dar si su ventaja a estas alturas fuera de 25 puntos porcentuales. El problema del gobierno actual es que su candidato, el siempre enérgico e incansable Chávez, sigue muy disminuido por su reciente cáncer, y aunque tal tema ni siquiera se mencione, es claro protagonista de la campaña por las pocas apariciones del Presidente, sus cortos discursos y los frecuentes días en los que no se le ve.

Un contraste demasiado notable con Capriles, quien, a sus 40 años, ha recorrido nada menos que 270 pueblos desde el pasado 1ro de julio, en los que ha caminado, trotado, montado a caballo, sufrido con el sol y la lluvia, en un agotador esfuerzo por superar la maquinaria comunicacional y económica del chavismo, con 14 años de mandato en una democracia cada vez más débil.

¿Quién ganará? No lo puedo adelantar, pero es muy claro que la distancia será corta, mínima quizás, y que demostrará las dos claras mitades en las que se divide el país, con una oposición que ha ido en constante aumento electoral desde 2006, y un chavismo en decadencia, víctima de su sectarismo e ineficiencia, en un país que se inunda tanto de petróleo como de asesinatos, problemas eléctricos e inflación.

jueves, 30 de agosto de 2012

Cuando la pantalla da para todo


Es una respuesta conocida, repetida en cada acontecimiento que no cumple plenamente las expectativas del chavismo gobernante. Una negación inicial ante cualquier rumor, noticia o acusación de error cometido, seguida por la búsqueda de algún culpable externo para explicar tal fallo, complementada por un aluvión de declaraciones que contradicen que tal error haya sido determinante, y una campaña mediática llena de imágenes simbólicas para mostrar que ya todo pasó.

Así ha “resuelto” el gobierno nacional los problemas en la última década y así ha sabido mantener sus altos niveles de popularidad. Es por eso que la inseguridad reinante en el país no pasa la factura que debería a los dirigentes. Han intentado hacerla pasar desapercibida o achacarla a gobernadores regionales, han puesto en televisión decenas de detenidos por el CICPC y nuevas patrullas policiales, y se han reído ante las cifras que comparan a Caracas con Ciudad Juárez.

El uso mediático para desmentir la realidad y crear otra ha servido desde 2002, cuando, según la versión oficialista, todo lo acontecido en abril tuvo que ver con algunos pocos miembros de la Policía Metropolitana, sentenciados judicialmente en un caso plagado de irregularidades por las muertes de sólo algunos de los 19 fallecidos violentamente aquel día, pero que ha sido suficiente para que el Presidente Chávez y su equipo hayan cerrado la investigación del caso, aunque lo mantengan muy abierto en sus discursos.

Lo mismo que con el paro de ese año. La paralización de la industria petrolera se negó hasta que fue posible (“Excesivamente normal” según decía JVR), fortalecida con videos de decenas de autobuses en el centro de Caracas. Luego, el señalamiento de terrorismo, saboteo, golpe, sin búsqueda de diálogo o solución del problema de fondo.

La estrategia se ha repetido más recientemente con los problemas eléctricos, la inflación, el desabastecimiento e incluso con la enfermedad de Chávez, que varios ministros negaron hasta horas antes de que el propio Presidente apareciera en cámara admitiéndola, y muchos al día de hoy la han querido dejado en el olvido, cuando se sigue sin saber exactamente qué fue lo que ocurrió y cuál es el pronóstico médico en el corto, mediano o largo plazo.

Por tanto, no ha sido extraño ver la misma operación mediática y discursiva para reducir la tragedia en Falcón a cualquier cosa menos la responsabilidad del gobierno nacional, el ministro Ramírez o la directiva de PDVSA. Más se centran en la diatriba mediática, las declaraciones de la oposición, o la ventilación de posibles rumores sobre agentes externos en la causa de esta desgracia.

Calculan que con tan buenos actores y tan amplio poder mediático la pantalla da para todo. Por eso es que “la función debe continuar”, para que no prestemos demasiada atención al escenario trágico que se ve en Amuay, a los errores de sus actores principales y los encargados de dirigir la obra, y pasemos a comentar la siguiente escena, la siguiente negación, el siguiente culpable externo y la más reciente puesta en escena.

El problema está en que el público parece impacientarse cada vez más, y aburrirse al ver una y otra vez el mismo espectáculo en tarima, sobre todo en estos últimos meses cuando las funciones se suceden con tanta rapidez. Queda ver si el 7 de octubre se le renueva o no una nueva temporada al espectáculo más largo en los últimos ochenta años de historia venezolana.

martes, 28 de agosto de 2012

La particular campaña electoral venezolana


Publicado en www.blogsdepolitica.com


Menos de dos meses faltan para las elecciones presidenciales en Venezuela y todavía las encuestas parecen ser poco útiles para anticipar lo que ocurrirá el 7 de octubre. Y no es porque sus resultados no nos gusten o parezcan poco confiables, sino por la amplia (amplísima) diversidad de cifras que los sondeos muestran.

Al candidato opositor, Henrique Capriles Radonski, se le da entre 23 y más de 50% de los respaldos, dependiendo de la empresa que se consulte, distancias que se reducen en el caso del actual Presidente Hugo Chávez, aunque sus números también pasen de una arrolladora victoria a una estrecha derrota.

Y el de las encuestadoras no es el único símbolo de la particularidad de lo que ocurre en la Venezuela de los últimos años. El Consejo Nacional Electoral (CNE), organismo encargado de organizar y regular las elecciones, ha mantenido una disputa con Capriles por una gorra con los colores de la bandera que el líder opositor ha venido usando. Dicen que viola el reglamento electoral y le da ventajismo en la campaña. Mismo ventajismo que desde el partido de gobierno dicen que tiene la oposición en los medios de comunicación, aun cuando Chávez realice varias transmisiones televisivas y radiales semanales de carácter obligatorio.

Resulta particular también ver cómo el partido gobernante desde hace 14 años, con amplio dominio del Parlamento Nacional y la mayoría de los gobiernos regionales, quiera seguir hablando de cambio, de una revolución todavía incompleta y que debe mantenerse para consolidar el rompimiento definitivo con un pasado que relacionan con el candidato opositor.

Éste a su vez, busca asumir el lenguaje de la novedad y usa en buena medida las estrategias que llevaron a Chávez al poder en 1998. Capriles recorre incesantemente todo el país con un plan catalogado “pueblo por pueblo”, en el que transita calles, toca las puertas de las casas y conversa con los ciudadanos más desfavorecidos, en distintos rincones del país.

Sabe que el Presidente, aunque asegure estar plenamente recuperado de sus dolencias por el cáncer que viene sufriendo desde hace más de un año, está limitado en su accionar y apenas se le ve dos o tres veces por semana en actos de campaña menos acalorados de los que nos tenía acostumbrados, montado en tarimas o en camiones que lo mueven por las calles, siempre alejado de las personas que el joven Capriles puede tocar.

Sin embargo, a pesar del tiempo y de las carencias, en la particular Venezuela, los recursos generados por la exportación de petróleo mantienen a Chávez con amplias opciones de llevarse el triunfo el 7 de octubre, y de cualquier manera sus niveles de popularidad son impensables en otros rincones del planeta, para un mandatario con casi década y media en el poder.

lunes, 23 de julio de 2012

Los indecisos siempre deciden


Existen muchas y muy claras diferencias entre los dos procesos electorales presidenciales que por el resto del año mantendrán la atención del escenario político internacional. Desde el propio sistema de elección, a las normas que rigen la campaña, a las propuestas de los candidatos, así como las realidades de Estados Unidos y Venezuela.

Mientras, por ejemplo, las propagandas televisivas en nuestro país están fuertemente reguladas y controladas por las autoridades electorales, en Estados Unidos la norma dicta que los canales de televisión tienen prohibido no transmitir un espacio que haya sido comprado por los comandos de los dos principales candidatos. Los medios no pueden censurar las propagandas en televisión, sea cual sea su contenido.

Así como en Venezuela, el candidato de la oposición intenta contrarrestar el amplísimo poder económico y mediático del presidente en funciones, en el norte es el candidato-presidente el que solicita, casi ruega, a sus seguidores que donen más y más dinero a su campaña, ya que su oponente está obteniendo más recursos. En junio, Obama recaudó 72 millones de dólares, por los más de 100 que obtuvo en donaciones el Republicano Mitt Romney.

Como estos ejemplos, muchos más dan cuenta del contraste entre una sociedad y otra, su cultura política y democrática. Sin embargo, a menos de tres y cuatro meses de las jornadas electorales (7 de octubre y 6 de noviembre), Capriles y Chávez, Obama y Romney, tienen una misión en común: conquistar a los indecisos.

Se les puede llamar ni-ni, independientes, no alineados, se les puede criticar por no mantener una postura firme o no estar al tanto de lo que ocurre en su país, o más bien alabar por no ser ciegos fervientes de una tendencia. Sea cual sea la opinión del lector, es este pequeño grupo de ciudadanos el que decidirá estas dos elecciones. Y ese rol no es algo novedoso.

Principalmente en democracias tan polarizadas como la estadounidense o la venezolana, en donde dos partidos, candidatos o tendencias dominan prácticamente todo el espectro político, se da la situación de que cada grupo tiene en torno a un 40% del electorado a su favor. Un 40% que no se moverá, que tras tantos años de debates, peleas y situaciones de tensión y polarización, no va a cambiarse de lado de un momento a otro, y su voto se quedará con su candidato, a pesar de que éste pueda no convencerlo del todo.

Tal mínimo de 40% para cada bando se ha dado en Venezuela desde el Referéndum de 2007, y en las presidenciales de Estados Unidos se repite desde 1976 (a excepción de 1992 cuando hubo un tercer candidato). Entonces, la casi totalidad de las personas que se movilizan en las calles, que debaten en los medios tradicionales o en Internet, o que mantienen intensas discusiones políticas en su casa o en reuniones con amigos, son parte de ese 80% que tiene su voto bastante claro. Por lo general son votantes ideológicos o partidistas, que se identifican claramente con lo que respaldan y/o rechazan abiertamente lo que propone el bando contrario.

Fuera de este grupo mayoritario queda el grupo decisivo. Ese aproximado 20% que por lo general (aunque está claro que no siempre), no sigue demasiado la política, que se enfoca en sus asuntos personales, en su día a día y rechaza los agotadores debates partidistas. También están ahí los que tanto en Venezuela como en Estados Unidos están decepcionados con todas las opciones y ven que “son más de lo mismo”, y que gane quien gane “no va a cambiar nada”.

Ese grupo, tan torpemente criticado por algunos fervientes opositores en Venezuela que a través de Twitter dicen “con todo lo que ha pasado ¿cómo puede haber indecisos?”, es al que los candidatos están intentando conquistar. Son ellos los que de alguna manera necesitan todos estos meses de campaña, de eslóganes, de pancartas y de recorridos para convencerse, primero de ir a votar, y segundo de votar por el candidato que intenta ganárselos.

Por eso es que el ni-ni no puede ser el foco del rechazo y la rabia de chavistas u opositores ni de demócratas o republicanos, sino el público clave a conquistar. Porque, como dijo un reconocido comediante televisivo de Estados Unidos, serán esas personas que luego de una larga cola para pedir comida llegan frente a la caja y todavía no saben qué ordenar, las que decidirán el futuro de 28 millones de venezolanos y 310 millones de estadounidenses.

viernes, 4 de mayo de 2012

Sarkozy y la derrota del extremismo


Todo apunta a que este domingo, Nicolas Sarkozy será derrotado en las elecciones presidenciales de Francia. Así lo han señalado las encuestas desde hace meses, y ni la campaña electoral ni los resultados de la primera vuelta parece que van a cambiar el vencedor definitivo.

No era trabajo fácil para Sarkozy vender a sus ciudadanos que su trabajo al frente de la Republica ha sido exitoso, pero además, considero, no ha usado la mejor estrategia para hacerlo.

El actual presidente francés radicalizó su discurso desde que comenzó su campaña a la relección. Sabía que la extrema derecha, con Le Pen como líder, tendría un importante respaldo, y se lanzó a su búsqueda.

Tras la primera vuelta, el 18% de los votos obtenidos por el extremista Frente Nacional demostró que fue poco lo que Sarkozy le pudo robar y sin embargo, el candidato de la UMP siguió su conquista de la extrema derecha.

La cuenta matemática parecía darle razón: sumando los porcentajes de “Sarko” y Le Pen en la primera ronda se llega cerca del 50% (45,08% para ser exactos) de voto necesario para continuar al frente de Francia. Pero la cosa no es tan simple.

No sólo los votos por lo general no se trasladan automáticamente de un candidato o partido a otro distinto, sino que Le Pen, el Frente Nacional y la extrema derecha no son un movimiento político cualquiera.

Más allá de su aparente xenofobia y discurso anti inmigración y "euroescéptico", el 18% de votantes que respaldó a este grupo está harto. Harto del sistema, harto de la democracia representativa, harto del estado de bienestar, harto del dominio de Bruselas (y de Berlin) sobre la gloriosa republica francesa. Está harto de Sarkozy, de su partido, de Hollande, de Bayrou y de cualquier otro representante del sistema dominante.

Así pues, era esperado el llamado de la abanderada de la extrema derecha, Marine Le Pen a la abstención en la segunda vuelta. Su supuesta cercanía ideológica con el actual presidente no quiere decir que sea el siguiente que más le agrade, ya que para ella y sus seguidores, él también es culpable de la realidad en la que está sumido su país y el continente entero.

Sarkozy parece haberse equivocado al buscar su triunfo en un sector del cual solo recibirá un ligero respaldo, y abandonar por completo un territorio mucho más provechoso y amplio como es el centro (que trasciende del 9% que votó por Bayrou, candidato del partido de centro).

François Hollande, un socialista moderado y poco llamativo recibirá los votos de toda la izquierda y de todo aquel que espera algún cambio en el país, venga del centro o incluso de la derecha moderada, molesta con el giro radical de su actual mandatario.

Todo apunta a que el lunes habrá nuevo presidente de la Republica de Francia, y Merkel tendrá un compañero de baile distinto, y algo más incómodo, con el cual negociar y acordar de ahora en adelante el futuro económico de Europa.

martes, 28 de febrero de 2012

La oposición y sus partidos

Si bien es cierto que la discusión política de momento se centra en torno a la enfermedad del presidente y toda la incertidumbre que rodea el entorno oficial, creo que es importante que la oposición siga haciendo su trabajo, como lo ha venido haciendo, y se enfoque en su propia estructura, preparándose para los distintos escenarios que se aproximan.

Las primarias fueron precisamente la confirmación de tal actitud: la oposición planificó y ejecutó el trampolín ideal para alcanzar la presidencia de la República, sin prestar atención a amenazas, insultos, desprestigios y demás, colocando esta elección como punto clave en la agenda, sin que eso implicara el abandono de otros espacios (aunque la actitud en la AN no fue la correcta).

Por eso creo justo hacer una valoración de qué dejaron los resultados para los liderazgos y (aunque no hubiera tarjetas) para los partidos políticos.

Decir que el 12F fue la sepultura de Acción Democrática y COPEI es, cuando menos, una exageración. Si sólo se ve la imagen global del candidato presidencial y los candidatos a gobernadores, es claro que AD sufrió y mucho, empezando por el pecado original de admitir que no había en sus filas ningún líder lo suficientemente fuerte como para ser nominado a la presidencia.

Luego, sin duda que le dolieron las derrotas de importantes liderazgos regionales, la mayoría diputados, que cayeron ante viejos camaradas, ahora independientes o fundadores de proyectos pequeños. Fue tal el caso en Cojedes, Apure y Monagas, al menos.

Sin embargo, viendo las letras pequeñas, se nota que AD sigue siendo fuerte en donde una buena organización y una ‘maquinaria’ dan frutos. En más de sesenta municipios el vencedor para la candidatura a la alcaldía fue un miembro de la tolda blanca, muy por encima de cualquier otra formación. Ahí el punto clave del partido que dirige Ramos Allup para la oposición: sigue fortalecido en zonas donde oposición tiene pocos ojos, donde no penetra la fuerza mediática, y donde la adscripción a un partido sigue siendo importante.

Algo similar, y de manera sorprendente, ocurrió con Copei. Un partido que vive una larga crisis, dividido y casi intervenido por el TSJ, logró hacerse con dos gobernaciones y unas treinta alcaldías, manteniendo su hegemonía en la región andina, y gran relevancia en Falcón y Aragua.

Caso distinto es el de Primero Justicia. No cabe duda que los aurinegros mantienen el más constante aumento entre las filas opositoras desde las elecciones regionales de 2008, y su fuerza en Miranda, Caracas, Aragua y algunas zonas de Anzoátegui es muy importante.

Pero de ahí a formar (como partido) una organización fortalecida a nivel nacional hay mucho trecho. Las alrededor de 40 alcaldías (no son cifras oficiales) ganadas por simpatizantes de PJ hablan más del liderazgo de Capriles y sus claves alianzas en las regiones, que de la propia fuerza del partido. Esto se demuestra a nivel estadal: Ocariz y Mardo son los únicos candidatos propios de PJ que resultaron vencedores, por otros seis más abanderados del Comando Tricolor.

Y es que el verdadero vencedor del 12F fue el liderazgo de Capriles, propio de un país con organizaciones políticas todavía muy resquebrajadas, pero con amplia penetración mediática y ávida de liderazgos personales. Las características propias del gobernador de Miranda sumadas a sus estratégicas alianzas con ‘caudillos’ regionales como Velázquez, Lippa, Graterol y Henri Falcón, lo consolidaron como figura nacional y no dejaron lugar a dudas sobre el nuevo liderazgo que asoma en el país.

Esto, si bien importantísimo impulso de cara al 7 de octubre, podría no ser suficiente si no se acomoda ese problema de base que es la todavía muy débil estructura partidista existente en la oposición. No se trata de construir desde cero un gran partido político en este momento, sino en consolidar lo que funcionó, tanto en el Comando Tricolor, como en las zonas (muchas de ellas pequeñas poblaciones) que ganaron AD o COPEI, o el dominio que siguió mostrando UNT en el Zulia.

Esa organización y movilización que se resume en ‘la maquinaria’ será fundamental para un resultado positivo en la presidencial, más allá de la salud del presidente Chávez.